martes, 5 de abril de 2011

BALADA PARA UN LOCO ,..,PRIMER RELATO

El 24 de marzo de 1976 se inicia en Argentina la dictadura militar más sangrienta de la historia del país. El terrorismo de estado secuestró, torturó y mató a miles de personas. Los cuerpos de las víctimas fueron hechos desaparecer. Las mujeres embarazadas que fueron secuestradas y torturadas daban a luz y luego eran asesinadas, y aún permanecen desaparecidas. Esos hijos son buscados al día de hoy por sus abuelas (Abuelas de Plaza de Mayo). Algunos fueron adoptados por padres de buena fe mediante mecanismos legales y en total desconocimiento de su origen. Hubo también represores y cómplices que se apropiaron de los bebes y los criaron como propios. Ya hay más de ochenta chicos que recuperaron su identidad. Se estima que cuatrocientos bebés nacieron en campos de concentración.

 Balada para un loco

¿Quién no ha soñado alguna vez con encontrar a esa persona capaz de producirte mariposas en el estómago con sólo pensar en ella?
Podéis llamarlo casualidad o destino pero, a cada minuto, a cada segundo y el cualquier lugar del mundo hay dos personas que se encuentran para comenzar un viaje en común, un viaje que solo tiene dos pasajeros y que es nada más y nada menos que una historia de amor.
Esta aventura tuvo lugar hace muchos años en una época en la que el tango, el futbol y el amor eran la única ayuda para evadirse de la realidad. Esa realidad estaba marcada por la muerte y por el llanto de unas madres y abuelas que se reunían en una plaza para pedir por favor que le digan donde estaban sus hijos y nietos.
El día a día transcurría de una manera muy rara. La gente casi no quería salir de su casa porque tenía miedo. Se vivía una época de oscuridad. El golpe de Estado del 24 de marzo de 1976 impuso una dictadura cívico militar encabezada por la Junta de Comandantes de las tres fuerzas armadas: Ejército, Marina y Aviación, que asumió la represión como método de gobierno. Miles de personas fueron asesinadas, torturadas o desaparecían.  Aunque el gobierno militar proclamó que el blanco de la represión era el terrorismo, le dio un alcance por el cual virtualmente podía comprender a cualquier persona: sindicalistas pertenecientes a comisiones internas de fábricas, adolescentes que reivindicaban derechos estudiantiles, sacerdotes y monjas tercermundistas,  periodistas, artistas, deportistas, abogados. Y, en general, cualquiera que pudiera ser considerado “subversivo”, es decir aquel que tuviera ideas contrarias a la civilización occidental y cristiana.
Después llegó el mundial de futbol del 78, que logró que los argentinos se olvidasen un poco de lo que estaban viviendo. Y en medio de estas dos grandes locuras encontramos al tango, esa música tan llena de pasión y de corazón. Por aquellos tiempos no se bailaba mucho, lo que menos pensaba la gente era en salir a bailar un rato.
En ese marco tan contradictorio encontramos a Lucía. Era una muchacha de buena familia: de padre militar, abuelo político y madre ama de casa. Lucía se caracterizaba por tener una belleza deslumbrante y por haber recibido una educación exquisita. Era la nuera que toda suegra desearía. Pero a Lucía eso no le interesaba. Ella quería viajar, conocer otras culturas y vivir plenamente aventuras tras aventuras. Lamentablemente en aquella época eso no era posible para una muchacha de veinte años. Lucía pasaba sus días encerrada en casa por órdenes de su padre. Claro que no era por simple capricho, sino porque el capitán tenía miedo que algún loco le hiciera algo a su niña.
La muchacha no entendía mucho lo que estaba pasando ya que sus padres le ocultaban información y no la dejaban mirar la televisión ni escuchar la radio (cualquiera diría que estaba prisionera en su propia casa). Pero Lucía no aguantó más. Un día en el que se encontraba sola en su casa se las ingenió para poder abrir el mueble del despacho de su padre y sacar la radio. En ese momento cambió por completo la vida de aquella muchacha. Estaban haciendo como una especie de noticiero, pero no se escuchaba al típico locutor de radio con voz profunda dando las noticias de cada día, sino a un muchacho  que hablaba muy rápido y con voz entrecortada. Decía que no había que creer en lo que decía el gobierno y que lo único que hacía era matar gente. También puso una grabación en la que se podía escuchar como una joven decía por teléfono público que dos coches de color verde la estaban persiguiendo. Se escuchó el frenazo de los coches y la chica gritaba pidiendo ayuda, en ese momento un hombre se acercó para ayudarla pero lo único que consiguió fue un balazo. Finalmente se escucha como se alejan los coches. Al terminar la grabación Lucía volvió a escuchar al joven de voz entrecortada. La joven no sabía que pensar. El muchacho prosiguió con su monólogo sobre el gobierno y su sistema de represión hasta que de repente se escucha que entran en la emisora dos personas que se llevan por la fuerza al joven locutor. Fue desgarrador, se podían escuchar los golpes que recibía y los gritos que emitía. Lucía no pudo seguir escuchando, así que apagó la radio.
A partir de ese momento Lucía se debatía entre pensar si lo que había dicho el joven era verdad o un montaje. Además, su padre y su abuelo están involucrados en temas políticos y si fuera verdad toda esa historia, entonces, ¿cómo puede ser que su abuelo y su padre lo dejen pasar? ¿Cómo puede ser que vuelvan a casa cada día con una sonrisa en la cara y sin ningún cargo de conciencia?  Las cosas no encajaban y la joven necesitaba respuestas.
Lucía no lo dudó ni un momento, fue a su habitación, cogió su bolso y metió toda la ropa que pudo meter (muy poca, la verdad)  y todo el dinero que tenía ahorrado. Inmediatamente después se dirigió hacia el patio trasero de su casa, y sin pensarlo y como pudo, saltó la verja y empezó a correr sin rumbo concreto.
La muchacha corrió y corrió hasta que llegó a una plaza en la que había una gran cantidad de mujeres con pañuelos blancos en la cabeza y con carteles con fotografías de personas. Esas mujeres gritaban y gritaban y decían: ¡Ni un paso atrás! ¡Que vuelvan nuestros hijos! ¡Devuélvanos a nuestros hijos! Lucía no entendía nada. Pero en ese momento apareció un muchacho que se puso a gritar con esas mujeres y de algún modo extraño las alentaba para gritar más y les daba más fuerzas para seguir. La joven se impresionó de tal manera que se quedó mirando fijamente el joven. Él la vio y decidió acercarse a hablar con ella. Lucía veía que el muchacho se acercaba y no sabía qué hacer, comenzó a sentir un calor que le subía por los tobillos hasta el último cabello de su larga melena. Era un muchacho de pelo castaño que vestía con una indumentaria un poco rara, como si no le importase como vestir y qué pensaría la gente.
Estaba inmersa en sus pensamientos hasta que escuchó la voz del joven preguntándole si quería sumarse a la concentración. Lucía le dijo que no entendía que pasaba, a lo que el muchacho quedó totalmente sorprendido. Le explicó que esas mujeres con pañuelos blancos en la cabeza eran las madres y abuelas de Plaza de Mayo (Seguía sin entender).
Al ver la cara de Lucía el joven prefirió seguir con la explicación. Y le dijo que las madres de Plaza de Mayo es una asociación formada hacía poco tiempo con el fin de recuperar con vida a los detenidos desaparecidos. Luego le dio un folleto en el que se hablaba de un caso real. Decía así: “Inés tenía en ese momento 16 o 17 años; era por supuesto su primer hijo, estaba muy asustada, unos días antes de su parto comenzó con contracciones y nosotras comenzamos a 11 al cabo de guardia, así se hacían llamar; después de horas conseguimos que nos atendieran y les explicamos que estaba con contracciones, y dijeron que iban a traer a un médico; varias horas después llegó una persona de barba, delgado, morocho. Ese doctor nos sacó de la celda a Inés y a mí, ya que estaba yo embarazada, aunque yo no tenía contracciones; nos llevaron prácticamente a la rastra, escaleras arriba, en una escalera de cemento, donde nos golpeábamos en todos los escalones; nos tiró en el piso y en menos de tres minutos nos hizo un tacto a cada una; era sin duda un médico obstetra; dijo que estábamos perfectamente bien y nos volvieron a tirar en la celda; unos días después, comenzó el trabajo de parto de Inés Ortega; yo, que era la mayor, que ya había tenidos dos hijos, me encargué de estar con ella mientras las demás pedían a los gritos ayuda; estuvimos todas gritando al cabo de guardia para que viniera; Inés tenía contracciones cada vez más seguidas, yo trataba de decirle que la respiración abdominal, que el jadeo; estaba tirada en el piso, desesperada; por fin, muchas horas después, comenzó su trabajo de parto por la mañana y vinieron a buscarla muy tarde a la noche, se la llevaron al cuarto de al lado, el mismo que usaban para torturar, la subieron a la mesa y vendada, oíamos sus gritos, oíamos las risas de los guardias, oíamos los gritos del médico y por fin oímos el llanto del bebé; había nacido un varón en perfectas condiciones aunque no lo crean; lo oímos durante un día que lo tuvieron en una celda chiquita, que había al lado de la nuestra; ella nos contó después que la dejaron con su bebé; después le dijeron que el coronel lo quería ver y que se lo iban a entregar a los abuelos; Inés no volvió con nosotras, nunca más aparecieron ni Inés ni su bebé, ella le puso Leonardo y nació el 12 de marzo de 1977, y estaba en perfectas condiciones”.
Después de leer ese folleto, Lucía, se quedó sin palabras. Seguía sin entender nada, o mejor dicho, no lo quería entender. Hasta ese momento su vida había sido una mentira. Ella pensaba que su familia ayudaba y protegía nuestro país pero la realidad era que lo estaba destruyendo.
La joven tenía pensado volver a su casa, pero al ver el mundo exterior su corazón se llenó de tanto odio, que no podía pensar en su familia sin que se le hierva la sangre.
El joven, al ver a la muchacha con cara de estar a punto de desmayarse la invitó a comer algo. Ella aceptó pero sin antes preguntarle: Eh ¿Cómo te llamas?; Me llamo Jaime, ¿y tú?; Lucía.; Encantado Lucía.
Inmediatamente los chicos se dirigieron a un pequeño bar cerca de la plaza. Empezaron a hablar. Ella era muy tímida así que prácticamente el único que hablaba era Jaime. ÉL le contaba las cosas terroríficas que veía cada día por la calle, e incluso le contó que una vez vio como un militar mataba a un estudiante de la universidad. Terrible. Después, el joven quiso saber algo de ella. Lucía no sabía que decir, le daba vergüenza decir que tipo de familia tenía. Pero al ver la mirada de ese chico, tan penetrante, no pudo pensar, así que se lo dijo todo. Jaime quedó muy sorprendido, pero, sin saber por porqué, no le importó en absoluto de dónde venía aquella muchacha ni que su familia participe en aquella matanza. Él se dio cuenta que la joven se sentía totalmente culpable de las cosas que estaban sucediendo.
Cuando terminaron de comer Jaime le ofreció quedarse con él en la pensión en la que vivía en el barrio de La Boca. Ella al ver que no tenía otro remedio aceptó. 
Cuando estaban a punto de llegar Jaime se para en secó y dice: ¿Escuchas la música?; ¿Qué música?; Esa, es tango, ja ja, vamos. En ese momento la cogió del brazo y empezaron a correr. Pronto llegaron a una pequeña plaza en la que había una pareja bailando tango. Al muchacho al ver esa imagen se le iluminó la cara por completo. Le preguntó a Lucía si sabía bailar tango y ella dolida por la pregunta dijo que sí. Inmediatamente el muchacho se dirigió a la pareja que estaba bailando y se puso a hablar de algo. Cuando volvió a donde estaba Lucía, se plantó delante de la joven, estiró su mano derecha y le dijo: ¿Me concedes este baile? (Ella volvió a sentir el calor que había experimentado hacía unas horas). La muchacha depositó su mano en la de él y los dos se dirigieron al centro de la plaza. Antes de empezar, Jaime le dijo al oído: Este es mi tango favorito. Espero que te guste. En seguida comenzó la canción, pero no empezó como siempre, lo hizo solo la voz, sin música. Y decía así: Las tardecitas de Buenos Aires tienen ese qué sé yo, ¿viste? Salís de tu casa, por Arenales. Lo de siempre: en la calle y en vos. . . Cuando, de repente, de atrás de un árbol, me aparezco yo. Mezcla rara de penúltimo linyera y de primer polizonte en el viaje a Venus: medio melón en la cabeza, las rayas de la camisa pintadas en la piel, dos medias suelas clavadas en los pies, y una banderita de taxi libre levantada en cada mano. ¡Te reís!... Pero sólo vos me ves: porque los maniquíes me guiñan; los semáforos me dan tres luces celestes, y las naranjas del frutero de la esquina me tiran azahares. ¡Vení!, que así, medio bailando y medio volando, me saco el melón para saludarte, te regalo una banderita, y te digo... (Cantado) Ya sé que estoy piantao, piantao, piantao... En ese momento empieza la música y Lucía y Jaime entran en un sueño. Bailan. Se miran y, sin saberlo, sus corazones se unen para no separarse nunca. La música sigue: Quereme así, piantao, piantao, piantao...Trepate a esta ternura de locos que hay en mí, ponete esta peluca de alondras, ¡y volá! ¡Volá conmigo ya! ¡Vení, volá, vení! Quereme así, piantao, piantao, piantao... Abrite los amores que vamos a intentar la mágica locura total de revivir...
¡Vení, volá, vení! ¡Trai-lai-la-larará! La gente que iba por la calle se paraba para verlos bailar. Fue mágico.
Cuando terminó la canción los jóvenes no se soltaron y siguieron mirándose durante largos minutos, hasta que se dieron cuenta que toda la gente los estaba observando. A Lucía solo se le ocurrió decir una cosa: Ahora sé porqué te vistes de esta manera.; Los dos se pusieron a reír.
Rápidamente los muchachos se fueron a la pensión y así transcurrió la noche, con Lucía durmiendo en la cama y el pobre Jaime durmiendo en el suelo.
Al día siguiente los jóvenes decidieron ir a pasar el día con las madres y abuelas de Plaza de Mayo. Lucía se sentía en las nubes. Sentía que estaba haciendo algo por el mundo, no paró de gritar y de dar folletos a toda la gente que pasaba por ahí. Y así pasó el día y la semana y finalmente, dos meses.
Al cabo del tiempo, Jaime empezó a darse cuenta que lo que sentía por Lucía era muy intenso y que si la perdía iba a ser el fin de su vida. La muchacha estaba inmersa en el mundo de la lucha contra la violencia, pero también se daba cuenta de lo que estaba pasando con Jaime.
Los muchachos, todos los fines de semana, se iban a la pequeña plaza para bailar tango. Habían llegado hasta tal punto de compenetración y complicidad a la hora de bailar, que la gente disfrutaba con verlos. Ella con su vestido de color marrón clarito y él con su camiseta vieja de rayas y su gorra de lana. Sin duda, una estampa un tanto graciosa.
El tiempo pasó, y una noche, sin saber cómo, los jóvenes sintieron la irrefrenable necesidad de besarse. Y los besos terminaron en caricias y las caricias, en una noche inolvidable y pasional.
Al día siguiente, los muchachos estaban sumidos en tal felicidad que pensaban que podrían llevarse el mundo por delante. Fueron (como siempre) a la manifestación y lucharon como nunca, hasta que llegó la policía y todo se volvió de color de negro. Tuvieron que correr y correr para que no los cojan y terminaron por esconderse en un pequeño callejón. Fue una muy mala idea, porque allí escondidos fueron espectadores de un secuestro. De repente llegó un coche marca Ford Falcon de color verde oscuro que se plantó delante de la puerta de una casa. Llamaron a la puerta y como nadie les abría, la rompieron. Entraron tres hombres con una pistola cada uno. Aunque los jóvenes no vieron lo que estaba pasando dentro de esa casa, pudieron escuchar los disparos y finalmente vieron como se llevaban a una persona con la cabeza tapada y medio ensangrentada. Inmediatamente el coche se fue. Y los jóvenes se quedaron mirando la puerta de aquella casa durante por lo menos cinco minutos.
Por aquel entonces, el país estaba cada vez más sumido en la tristeza y el llanto. Las Madres y Abuelas de Plaza de Mayo cada vez eran más. Las universidades se estaban quedando con pocos alumnos y profesores y las embarazadas iban desapareciendo poco a poco.
Llegó un momento en el que Lucía no pudo más. Al ver tanta violencia y muerte le daban ataques de ansiedad. Pero ahí estaba su gran amor Jaime para calmarla y decirle las dos frases que conseguían tranquilizarla un poco: Todo va a salir bien, ¿de acuerdo?, te quiero como jamás voy a querer a nadie y los dos juntos saldremos de esta, mejor dicho, tú y yo con el país entero saldremos de esta.
Los meses siguieron pasando. Hasta que un día, la joven se despertó con náuseas y así estuvo como mínimo dos semanas. Pasado ese tiempo se dieron cuenta que eso no era normal y que lo más seguro es que la muchacha esté esperando su primer hijo. Jaime y Lucía no sabían cómo afrontar la situación. En otro momento estarían plenamente felices, pero en los tiempos que corrían entonces, esa felicidad se empañaba con el miedo a que la noticia llegue a los militares y que esa felicidad se transforme en desgracia. Intentaron no salir mucho a la calle las siguientes semanas y sus días se limitaban dormir, comer y bailar. Bailaban hasta hartarse y casi siempre la misma canción: BALADA PARA UN LOCO. Esa melodía lo decía todo: cómo era él, cómo era ella y cómo se enamoraron sin darse cuenta. Sin saberlo, el autor de aquellas estrofas había contado una historia real, la historia de aquella parejita.
Sin darse cuenta, el embarazo llegó al noveno mes. Lucía se había vuelto dos veces ella, pero seguía conservando su belleza intacta. Un día, por la mañana salió Jaime a comprare comida. La muchacha se quedó sola en la pensión, y de repente, llaman a la puerta. Lucía no sabía qué hacer, pero al echar una pequeña ojeada por una rendija de la ventana se llevó una sorpresa increíble. Era su padre. La joven lo hizo pasar, y cuando el patriarca vio a su hija, se pudo observar en su cara cómo pasaba del enfado a la felicidad. La conversación fue más corta de lo que hubieran deseado: Padre ¿cómo me has encontrado?; Lucía, hija, por encontrarte removería cielo y tierra.; ¿Qué quieres?; Ahora mismo recoges tus cosas y te vienes a casa conmigo.; No padre. Yo de aquí no me voy. (En ese momento el capitán cogió con fuerza el brazo de su hija y comenzó a llevarla hacia la puerta. Llega Jaime.); ¡Suelte a mi mujer! ¡AHORA!; Usted no me habla así, insolente.; Entonces usted salga de mi casa inmediatamente.; No te das cuenta de lo que estoy haciendo ¿verdad? Intento salvarles la vida a mi hija y a mi nieto.; No lo necesitamos. Yo estoy aquí para cuidar de mi familia. Además, Lucía no quiere irse con usted.
Inmediatamente el capitán los miró a los dos con cara de sicópata y dijo: Que conste que he hecho lo que he podido, después no vengáis a pedirme ayuda. Para mí, ya no tengo hija.; En seguida el hombre cruzó la sala y se fue dando un portazo. Pero ahora la situación había cambiado. Los militares conocían el estado de la joven.
Lucía y Jaime se envolvieron en una preocupación constante. Prepararon una pequeña mochila con las cosas necesarias y a cada rato miraban por la ventana por si veían algo extraño y tenían que salir huyendo. Así se pasaron una semana, hasta que un miércoles por la mañana Lucía comenzó con las contracciones. Jaime se volvió desesperado. ¿Qué iban a hacer ahora? La solución más fácil sería ir a un hospital, pero era muy peligroso salir a la calle. Pensaron un poco y se les ocurrió una idea: pedirle ayuda a la casera.
El joven fue rápido hasta su casa (tres edificios más arriba) y le pidió por favor, le imploró, que los ayude. Cuando estaban saliendo del edificio ven parado un coche verde en frente de la pensión de los jóvenes. Jaime se desespera y observa que dos hombres de casi dos metros, se llevaban a su querida Lucía a la rastra. Inmediatamente comenzó a correr. ¡LUCIA, LUCIAAA, LUCIAAAAAA! ¡NOOOO! Cuando estaba llegando al coche pasó algo inesperado. El conductor del Ford Falcon salió del coche y levantó su brazo derecho en cuya mano yacía un Tanque 1936 (una pistola) y sin pararse a pensar un solo minuto, disparó tres tiros que fueron a parar al pecho del joven enamorado. Lucía vio toda la escena y sus gritos se conseguían oír a una buena distancia. Y así, con el cuerpo de ese joven luchador tendido en el suelo y la joven soñadora metida en el coche con rumbo a un campo de concentración, termina la historia de esta pareja de enamorados.
Quién sabe qué pasó con Lucía y el bebé. Lo más seguro es que después de dar a luz, hayan mandado a la muchacha al paredón de fusilamiento y le hayan dado al pequeño a alguna familia de militares.
 Las Abuelas de Plaza de Mayo estiman que fueron secuestrados y privados de su identidad alrededor de 500 niños que hoy ya son jóvenes y enfrentan dificultades psicológicas sumamente complejas debido a que las personas a quienes consideraban sus padres, en quienes naturalmente confiaban, les habían negado su identidad y origen, y en algunos casos fueron cómplices o conocieron a los asesinos de sus padres biológicos.
Esa gente pudo matar, violar y secuestrar, pero lo que no han logrado es que en algún lugar del cielo haya una pareja de enamorados bailando esa Balada para un loco y cantándose al oído: Quereme así, piantao, piantao, piantao... Trepate a esta ternura de locos que hay en mí, ponete esta peluca de alondras, ¡y volá! ¡Volá conmigo ya! ¡Vení, volá, vení! Quereme así, piantao, piantao, piantao... Abrite los amores que vamos a intentar la mágica locura total de revivir... ¡Vení, volá, vení! ¡Trai-lai-la-larará! ¡Viva! ¡Viva! ¡Viva! Loca ella y loco yo... ¡Locos! ¡Locos! ¡Locos! ¡Loca ella y loco yo!.
                                              

Desde el momento de su secuestro, las víctimas perdían todos sus derechos. Privados de toda comunicación con el mundo exterior, detenidos en lugares desconocidos, sujetos a torturas barbáricas, mantenidos sin información alguna sobre su inmediato o último destino, arriesgados a ser lanzados a un río o un océano amarrados a bloques de cemento, o incinerados. No eran más que objetos, sin embargo, todavía poseyendo todos los atributos humanos; todavía podían sentir dolor, podían recordar a una madre, hijo o esposa, podían sentir la infinita vergüenza de ser violadas en público...
[Prólogo del libro "Nunca Más", Ernesto Sabato]